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Por un momento el sol cubre la cumbre de las montañas y en su seño nevado aún puedes jugar con tus manos enjuagadas en la crepitante nieve. Los páramos nevados, allí con deleite se hacen los temas de conversación donde se reunen los ancianos tras el proceloso viaje.

Hoy los puertos estaban cerrados y la máquina quitanieves tuvo que hacer su trabajo en medio del inclemente viento, todo resultó un poco más tedioso y un poco más pesado.

Al regresar a casa pude ver el césped artificial cubierto de una fina capa de nieve-polvo y lo vi brillar incluso en los oscuro cuando la noche cayó.

Luego repasé mis aperos de labranza y las mallas agricultura que las había antipájaros y mallas  antihierbas y también para acoger a caracoles y darles substento y cobijo y también comida y sitio reguardado del frío, caracoles de vivos colores cuyo destino era ser alimento por los más escogidos, ser delicatesen.

Así pasé la tarde sin ver las noticias y a las seis menos cuarto de la tarde dejé de informarme de lo que pasaba en el mundo y gracias a la gente que no hacía nada más que fumar y pedir perdón por ello tuve que ir a trabajar, entre risas enlatadas y animales que comían.

Era mi imaginación la que hacía cosas extrañas pero no creía que fuera nada grave, los animales seguían comiendo afuera de la casa.

De vez en cuando sonidos de ordenadores y de electrodomésticos muy bajitos seguían haciendo reparar en ellos de manera mágica alzando la atención y el Manchester jugaba al fútbol también y lo estaban viendo todos menos yo que tenía que trabajar en la plaza del pueblo, en los bares de las plazas del pueblo.

Y así estuve en la salida del día, con dos amigos también que tenían que trabajar y a mi son, amigos del este de Nueva York que realizaban con aviones acrobacias perfectas y que estaban preparándose para controlar ratas en los gimnasios en la base de las máquinas, y qué caramba, sobresalir entre los demás por sus hábitos de fumigadores de espárragos que tenían mucha piel y daban dolores de estómagos mañaneros, más que las cigarras verdes.

--Esto está ya cocinado--dijo la señora de la cocina.

Y sobre un cristal comimos.

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Aquel paisaje nevado que me cautivaba lo recuerdo bien en aquellos páramos entre Soria y Cuellar donde estábamos acampados, muy jóvenes aún.

Recuerdo los plásticos y mallas que cubrían los campos para el cultivo y su imagen en mi memoria que persiste, todo es así. Eran otros tiempos de campos nevados, cuando hacía frío de verdad antes del cambio climático.

Disfrutábamos mirando las mallas antihierba y hablábamos de que el mundo estaba gobernado y dirigido por sociedades secretas de las que no sabíamos nada, y creyendo en esas cosas éramos felices y rebeldes.

Atravesábamos los campos al oscurecer y también de madrugada y veíamos de cerca a las vacas y a las ovejas pastando y decíamos todos concluyendo que el ser humano también vivía en una granja y que éramos ganado también de alguna manera los seres humanos.

El sol de color.

Pensábamos que el mundo era una granja mientras mirábamos las mallas antihierba y los plásticos y mallas.

ésto es así porque no puede ser de otra manera.

Luego comentábamos defectos de nuestros profesores del instituto y hacíamos burlas y graciosas chanzas de manera vengativa y no sabríamos que con el tiempo muchos llegaríamos a ser profesores también. Profesores de los que ahora otros hacen chanzas en divertidas fancachelas las noches sin luna empapados de vino clarete por fresco y peleón, entre sombras, asfaltos y coches.

Recuerdos, yo estoy hablando de recuerdos.

Aquel recuerdo de las mallas antihierba y de los plásticos y mallas queda persistente, lo pasábamos bien, éramos muy jóvenes y felices y teníamos una mayor expansión y recorrido.

Sobre todo parecía que nuestras vidas iban a ser maravillosas.

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